Estado de alarma
Agobios, neuras, dudas, errores. Vértigos, temores, fuerza. Música, EPIs, anotaciones, protocolos. De noche miro por la ventana, el silencio y el vacío de la ciudad es aterrador, no se ve un alma, no se oye nada, han conseguido que el mundo se pare, pero yo no puedo. Mi cabeza está en constante ebullición. Anoche me asomé al balcón y rompí el silencio con un grito, lo que salió fue un largo: “Estefaníaaaa” (consecuencia de esta enajenación mental transitoria). Sigo avanzando no hay opción, es lo que el cuerpo, la mente y las autoridades del estado me piden. Me levanto cada día a las 6:10 am, subo al coche y me marcho a trabajar vestida casi de astronauta. Me llevo otro atuendo en una mochila y al volver a casa me cambio en el rellano, meto la ropa de trabajo en una bolsa de plástico, dejo los zuecos fuera y de ahí directa a la lavadora y a la ducha. Cualquier ritual es poco para intentar no meter al puñetero bicho en casa....